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  • Marchela Sánchez

La vida que teníamos y que ya no está ¿Hemos logrado pasar el duelo?

Incertidumbre, estrés y agotamiento deben estar entre las palabras que más hemos escuchado en el último tiempo. En mi trabajo con personas y equipos ha sido muy recurrente. Y es que al cansancio habitual que se siente en el último trimestre del año, se le suma el desgaste por seguir trabajando en condiciones difíciles.


Si bien comienza a vislumbrarse la posibilidad de retorno a las empresas e incluso algunos colegios han anunciado fecha para un (segundo) primer día de clases, sigue siendo un escenario sin certezas, que activa temores y esperanzas, dudas y entusiasmo.


Hace poco escuchaba a una especialista señalando que el tremendo cansancio que muchos experimentamos es natural y proporcional al duelo que estamos viviendo.

¿Cuál duelo? Se preguntarán algunos. El de haber perdido la vida que teníamos: nuestras rutinas, objetivos, espacios de esparcimiento, y por qué no decirlo, también aquellas actividades que nos permitían evadirnos fácilmente de lo que no nos gustaba de nuestra vida.

Sabemos o intuimos que el mundo cambió y tal vez al estar leyendo esto afirmes un seguro NO. Pues la negación es la primera etapa del duelo. O tal vez estás feliz porque nunca antes pudiste hacer lo que estás haciendo (o tal vez lo sentiste al comienzo) y luego experimentaste la frustración e irritabilidad al enfrentar tu realidad con posibilidades restringidas e incluso con la activación de temas no resueltos del pasado. Esta es la fase de turbulencia emocional.

Quizás te reconozcas en la tercera etapa: la negociación, es decir, esforzándote para encontrarle un significado a lo que estás viviendo y de esta forma bajar la ansiedad y recuperar la calma. En esta búsqueda, una estrategia habitual es contactar con otras personas para poder hablar de lo que te pasa. Sin embargo esta búsqueda en el exterior, suele no tener el efecto tranquilizador que anhelamos y ahí es cuando se presenta la cuarta etapa producto de sentirnos sobrepasados: viene el agotamiento, no conseguimos visualizar un futuro esperanzador. Si te observas, tal vez te des cuenta que estás experimentando algunas de estas etapas o incluso todas, varias veces en el día.


Comparto esta mirada del proceso porque en mi etapa de negociación me trajo calma. Tal vez no te reconozcas en ninguna y no hay problema, sin embargo te invito a tenerlo en cuenta al relacionarte con otras personas. Quizás para estas personas este periodo está siendo particularmente difícil por el duelo que experimentan y una disposición compasiva de tu parte a su sufrimiento te ayudará a tener mejores interacciones.


Por otra parte, si te reconoces en el proceso que describo, te sugiero acogerte amorosamente, también puedes aplicar la compasión a ti misma/o. Y cuando hablo de compasión no me refiero a lástima, me refiero a “desearte el bien genuinamente y tomar acciones para superarlo”.

Puede que seas como muchas personas a las que les resulta más fácil ser compasivas con otros que consigo misma/o, pues bien, no hay problema, lo positivo es que tienes los recursos para hacerlo, solo hay que redirigirlos hacia ti.

A continuación encontrarás un ejercicio de programación neurolingüística para ponerlo en práctica: